Hoy el texto que publico no es mio, sino de Eduardo jordá. Escribe para el Diario de Cádiz.
Rocio me ha hecho llegar este articulo, que simplemente me ha encantado.

No se si el diario de Cádiz guardara histórico del las noticias, así que voy a preproducirla aquí.

La URL original del articulo es:

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y dice así.

London Calling
UNA mañana de verano me quedé dormido en un banco de St. James’s Park, en Londres. A mi derecha había un vagabundo que apestaba a ginebra y a mugre. A mi izquierda había una viejecita sonriente que llevaba un sombrero que parecía de plástico (y hasta la viejecita sonriente parecía también de plástico). Cuando me desperté se habían ido el vagabundo y la viejecita, pero el parque seguía allí, y el sol tranquilo del verano, y unos niños que jugaban sobre la hierba, y de pronto sentí que amaba Londres y que siempre amaría Londres. Podría citar miles de razones para odiar esa ciudad, como los hoteles de Bayswater donde el café sabe a hollín, o los míseros urinarios de la estación de Paddington, donde a uno le entra el súbito deseo de ahorcarse en una farola, o el insufrible acento cockney con que un taxista te da los buenos días (si te los da), pero uno acaba olvidándose de todas estas cosas porque Londres consigue que le perdonemos todos sus defectos. Si alguna vez, indignados por la lluvia impertinente o por el pastel de riñones momificados que nos acaban de servir en un local que huele a refinería de petróleo, nos juramos que jamás regresaremos a la ciudad, en seguida sabemos que seremos incapaces de cumplir nuestra promesa y que al cabo de poco tiempo volveremos a bajar por el túnel del metro de Tottenham Court Road. Quien haya sido joven alguna vez en Londres sabrá de qué hablo.

Hay tantas cosas que nos han hecho felices en Londres, aun en el caso de que jamás hayamos estado allí, que uno sospecha que los fanáticos barbudos que pusieron las bombas del jueves pasado querían destruirlas por pura incapacidad de disfrutarlas, igual que un borracho impotente va dando patadas a los árboles, en una noche oscura, cuando no puede encontrar el camino de vuelta a casa. Las bombas no sólo iban dirigidas contra la gente que viajaba en el metro o en el autobús, sino contra todo lo que ha hecho de Londres una ciudad libre, una ciudad abierta, una ciudad que es todas las ciudades del mundo. Los ingenuos progresistas dirán que las bombas son una reacción a la intervención británica en la invasión de Iraq. Olvidan que España retiró sus tropas de Iraq después del 11-M y que dos meses más tarde, cuando ya no quedaba ni un solo soldado español en Iraq, había un comando de fanáticos que pretendía volar la Audiencia Nacional con un camión suicida.

Los fanáticos islamistas pueden poner bombas y matar a cualquiera que pase por allí, pero nunca conseguirán destruir lo que amamos de Londres o de Nueva York o de Madrid. Por muchas bombas que pongan, nadie podrá destruir el paso de cebra de Abbey Road, donde los Beatles se fotografiaron en una mañana del verano de 1969; ni la luz cremosa de una tarde de verano en Hampstead Heath; ni los cuadros de Turner; ni las canciones de los Kinks, sobre todo “Waterloo Sunset”. Y por mucho que quieran, nadie podrá destruir London Calling, la canción de The Clash que evocaba los tiempos en que la BBC trasmitía los partes de guerra y los británicos combatían en solitario contra una Alemania nazi que entonces parecía invencible. “Londres llama a las ciudades lejanas,/ se ha declarado la guerra y ha llegado la hora de la batalla”. London Calling, London Calling. ¡A ver quién puede apagar ese sonido!